Publicado el lunes 08 de enero del 2018 a las 12:47.

ARGENTINA POTENCIA... SECUNDARIA


Días atrás, Marcos Troyjo -economista, diplomático, Director del BRIC Lab y profesor de la Universidad de Columbia (Nueva York)- publicó un artículo en la revista Folha de São Paulo, sobre la situación de Brasil en el concierto internacional de las naciones. Y, con su permiso, repetí su ejercicio respecto de nuestro país.

 

Para ponernos en contexto tenemos que partir del concepto de “potencia” usado frecuentemente en las relaciones internacionales. El mismo refiere a los Estados que intervienen en ellas con protagonismo propio. Lo hacen ejerciendo distintos grados de influencia y poder político, militar, económico o el sutilmente denominado “blando” (influencia cultural, reputación, etc.).

 

Desde ese punto de vista se los clasifica tradicionalmente como superpotencias, potencias mundiales, continentales o grandes potencias, potencias regionales, medias, secundarias, pequeñas, etc.

 

Por ejemplo, una potencia con base militar presupone atributos de proyec-ción regional por el considerable poderío de sus Fuerzas Armadas conven-cionales. O, en la esfera económica, un PIB per cápita por debajo de los U$D20.000/año no se condice con un aumento del peso relativo en la economía global.

 

El Estado Argentina tiene capacidad de actuación en la esfera internacional y en su propio territorio, pero presenta credenciales poco confortables de “potencia regional secundaria”. No somos una potencia mundial, ni continental. No somos súper potencia. Ni siquiera somos “mediana”. Lo éramos, pero ya no.

 

Los países que lograron ascender en la escala de estatus mundial lo hicieron en razón de sentirse, justamente, "incómodos”. Es decir, por no conformarse con la condición -en el sentido literal- de mediocridad.

 

En este marco hay una certeza: cuanto más dependiente de las tecnologías se torna el escenario internacional, mayor es la necesidad de contar con el potencial de la innovación para actuar como instrumento de fuga de las capas bajas en las que nos encontramos.

 

En la carrera por el liderazgo internacional, “innovar” se ha convertido en la principal fuente para generar poder, prosperidad y prestigio. Y, desde esa óptica, examinar la competitividad argentina a nivel mundial por el contenido de sus exportaciones, es un buen parámetro.

 

En ese sentido, comenzaremos el 2018 con una pauta de bienes y servicios comercializados al exterior en términos de productos tecnológicos, manufacturados, semi-manufacturados y agrícolas, con una composición exactamente igual a la que el país tenía en 1978. Son casi cuarenta años en que la Argentina -al igual que Brasil- prácticamente no hizo mover la aguja del componente tecnológico de sus exportaciones hacia otros países.

 

Otro espejo para mirarnos es el ranking de la cantidad de solicitudes internacionales de “patentes de invención”, “marcas” y “diseños” Nosotros ni aparecemos. No movemos el amperímetro. Se trata de una realidad alarmante y nos muestra que no estamos realizando la transición hacia una sociedad cimentada cada día más en las nuevas tecnologías.

 

China, por ejemplo, está llevando adelante esa evolución mucho más efi-cientemente que nuestro país. ¿Cómo hizo para dar el salto al nuevo mundo de las tecnologías innovadoras? La respuesta está en el aumento del porcentaje de riqueza que la sociedad y el Estado destinan a la inversión en ciencia y tecnología.

 

Los chinos -que van camino a superar a Estados Unidos como la mayor economía del mundo-, invertirán casi el 3% de su PIB en investigación y desarrollo. Y hoy están liderando el mundo en su marcha hacia el futuro.En cambio, nuestro país invierte menos del 1% de su PIB en innovación. Y de ese ínfimo porcentaje, el 80% procede de instituciones estatales.

 

Si el sector privado invierte poco -y es el que tiene mayor capacidad de traducir tecnología en productos competitivos llevados al mercado mundial- el beneficio económico de la actual inversión, es comparativamente muy pequeño.

 

¿Por qué los empresarios argentinos no invierten en tecnología? Hay un rosario de motivos culturales, pero también algo eminentemente estructural: las empresas tienen que pagar a los empleados atendiendo a una de las legislaciones laborales más anticuadas del mundo. Además deben someterse a una carga tributaria del 37% del PIB, mientras que sus competidores más directos soportan una carga mucho menor: 23% en México, 26% en Chile y 33% en Brasil.

 

Por supuesto que nuestro país dispone de personal y empresas poseedoras de un importante capital intelectual, pero ese recurso no es suficiente para la escala de los desafíos actuales.

 

También es verdad que una empresa de alta tecnología es una unidad intensiva de talentos tecnológicos. Pero, al instalarse en Argentina, una empresa encontrará dificultades para contratar personal y lidiar con la obtusa parafernalia laboral, fiscal y burocrática.

Así, la manera en que logramos fomentar o atraer ese tipo de compañías es ofreciendo la posibilidad de grandes contratos gubernamentales y la perspectiva de que el mercado interno continuará, en cierta forma, protegido.

 

Es una cruel situación de la que Argentina aún no ha logrado desprenderse: sólo empresas que realicen sus operaciones en territorio nacional gozan del acceso a esa protección. Es decir, se instalan en la Argentina, no por la gran competitividad, la calidad de la mano de obra o el ambiente de negocios que ofrecemos aquí, sino porque pueden establecer una plataforma de reventa de la tecnología para nuestro propio mercado interno.

 

En ese sentido, las tan pregonadas reformas estructurales son buenas, pero todavía un marco insuficiente para que la Argentina despegue en términos de innovación. Sin esta última y teniendo presente la escala y velocidad a la que se mueven nuestros competidores, nos quedaremos a vivir en el “pelotón de cola” del escenario internacional.

 

Y lo peor es que ningún integrante de la corporación política parece estar alarmado. Tampoco se percibe un clamor popular en ese sentido. Hasta parece que nos sintiéramos cómodos en esta mediocre posición. ¿Habremos  renunciado definitivamente a nuestro pasado de potencia mundial?

 

Algunas cosas están cambiando. Despacio, pero cambian y para mejor. Eso nos permite ser moderadamente optimistas e imaginar que la luz que se ve al final de túnel oscuro por el que transitamos, es la salida… y no el tren que se viene.

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